DEFENSORES DE LA FE, 3° PARTE

DEFENSORES DE LA FE A TRAVÉS DE LA HISTORIA DE LA IGLESIA

Jonathan Edwards (1703 – 1758)

Teólogo, pastor y misionero en la época colonial de los Estados Unidos. Gracias a su aguda inteligencia, poco antes de cumplir los trece años de edad ingresó en Yale College (1716), donde consiguió su licenciatura y doctorado. Es conocido como uno de los más grandes y profundos teólogos protestantes en la historia de los Estados Unidos. De raíces puritanas, su obra suele ser a menudo asociada con la defensa de la teología calvinista en contra del arminianismo que surgía en aquel entonces.

 Edwards rompió con la idea tradicional conservada durante siglos en la iglesia, de que el cristianismo se heredaba a través del bautismo. Entre los años 1735 y 1737 su predicación dio como resultado un gran avivamiento en su congregación como en diferentes lugares, dando a los oyentes una sensación de revelación personal de su necesidad de salvación por Jesucristo. Uno de sus sermones más conocidos es “pecadores en manos de un Dios airado”, que hacía a los presentes agarrarse a los bancos y sillas pensando que iban a caer en el fuego eterno. Ese hecho fue solamente uno de los muchos que ocurrieron en sus reuniones, donde el Espíritu Santo desvendaba los ojos de los presentes, para que contemplaran las glorias de los cielos y la realidad del castigo que está bien cerca de aquellos que están alejados de Dios.

Edwards falleció a los 55 años posiblemente por una infección de viruela. Sobre Edwards se escribiría más adelante: “En Edwards, como en Agustín, hay una combinación perfecta entre espíritu altamente intelectual y especulativo y una devoción a Dios en Cristo, a menudo extásica” (Paul Helm). “Ningún otro hombre es más relevante para la condición actual del cristianismo que Edwards. Quien desee saber acerca del avivamiento verdadero, Edwards es el hombre a consultar” (Dr. Martyn Lloyd-Jones). 

George Whitefield (1714 - 1770)

Predicador anglicano inglés, estudió en Oxoford donde formo parte del Holy Club junto a los hermanos John y Charles Wesley. Recibió su licenciatura en filosofía y letras en 1736 siendo ordenado diácono el mismo año.

Su primer sermón causó un impacto inmediato, centrado como estaba en la necesidad de nacer de nuevo, poco a poco se le fueron cerrando los púlpitos de las iglesias de Inglaterra y se lanzó a la predicación en el campo abierto, donde había miles de personas que nunca pisaban un lugar religioso. Su primer intento tuvo lugar en el campo minero de Kingswood, cerca de Bristol, en aquella ciudad unos 20.000 trabajadores pobres y rudos se apiñaron para oírlo en algunos de sus sermones, y las lágrimas incontenibles de muchos, las convulsiones y las expresiones destempladas de alegría o arrepentimiento mostraron visiblemente la manera en que esas personas fuertes y de mala fama eran conmovidas de manera profunda por las palabras del predicador. No tardó en conseguir que Juan Wesley le imitara en sus labores. Whitefield era calvinista en doctrina, y cuando Wesley predicó en contra de este sistema de teología, aquél se vio obligado a separarse, no sin dolor, en 1740; pero conservando la amistad.

Tras un notable éxito en el Reino Unido viajó a las colonias americanas, para realizar algunas campañas evangelísticas. Durante los años 1739 y 1740, las multitudinarias reuniones convirtieron el predicador inglés en uno de los más conocidos del país. Tras los pasos de Whitefield, cientos de predicaciones itinerantes recorrieron las 13 colonias predicando el arrepentimiento de pecados y el nuevo nacimiento. Junto con Edwards fueron los grandes impulsores del Gran Despertar donde cientos y miles de personas eran convertidas.

Se dice pronunció unos 18.000 sermones a lo largo de su vida. Visitó Escocia 14 veces y 7 cruzó el Atlántico rumbo a las colonias. Dos veces visitó Irlanda, y en una ocasión estuvo a punto de ser linchado por una turba de católicos-romanos. También estuvo en Holanda y pasó cuatro meses en Portugal y en las Bermudas, donde almas fueron ganadas para Cristo. Su último sermón tuvo lugar el 29 de septiembre de 1770, a la muerte de su amigo, Juan Wesley dijo: “¿Hemos leído o sabido de alguien que haya sido un instrumento de bendición en Sus manos para conducir a tantos pecadores de las tinieblas a la luz, y del poder de Satanás a Dios?

Más adelante, J.C. Ryle escribiría sobre Whitefield: “Fue uno de los primeros que en el siglo XVIII llamaron la atención sobre las viejas verdades que produjeron la Reforma Protestante. Su constante defensa de las doctrinas enseñadas por los reformadores, sus incansables referencias a los Artículos y las homilías de los mejores teólogos de Inglaterra, obligaron a muchos a pensar y examinar sus propios principios”.

Charles Spurgeon (1834 - 1892)

Pastor bautista británico, conocido como el “Príncipe de los predicadores”. Predicó su primer sermón cuando sólo tenía 16 años y la gente se admiraba de que un adolescente predicara con tanto poder la Palabra de Dios. Cuando tenía 17 años, se convirtió en pastor de una pequeña iglesia en el pueblito llamado Waterbeach, lugar que era conocido por la profanación y el alcoholismo, sobre aquel lugar más tarde escribiría: “En poco tiempo la pequeña capilla de Patchapel estaba llena, los mayores vagabundos del pueblo estaban llorando torrentes de lágrimas y aquellos que eran la maldición de la capilla se convirtieron en su bendición”. Luego cuando tenía 19 años, a pesar de ser bastante joven, fue invitado para ser pastor de la Capilla de New Park Street, Southwark, Londres, ciudad que predicaría el resto de su vida.

Los Sermones de Spurgeon coleccionados durante su ministerio llenan 63 volúmenes. Las 20-25 millones de palabras de sus sermones son equivalentes a los 27 volúmenes de la novena edición de la Enciclopedia Británica. La serie se mantiene como el mayor conjunto de libros de un solo autor en la historia del cristianismo.

A pesar de todo este material, las personas conocen muy poco acerca del contenido doctrinal de su predicación. Se supone y se cree ¡claro está!-, que fue sano en sus creencias; pero ¿en qué consistía la ortodoxia y enseñanza “spurgeoniana”? Lo que muchos evangélicos no pueden ni tan siquiera imaginar, es que la sana predicación de Spurgeon descansara en aquellas gloriosas doctrinas bíblicas comúnmente conocidas bajo el nombre de calvinistas. Spurgeon se mantuvo siempre fiel a las doctrinas de la gracia y la crítica más mordaz y severa se volcó sobre él; su nombre era satirizado en la prensa y “pateado por la calle como una pelota de fútbol”. El 25 de octubre de 1856, un semanario londinense escribía: “Creemos que las actividades del señor Spurgeon no merecen en lo más mínimo la aprobación de sus correligionarios. Apenas hay un ministro independiente de cierta categoría que esté asociado con él”. Y todo como resultado de sus convicciones doctrinales.

La teología de Spurgeon estaba centrada en Dios, centrada en Cristo y en aquellas grandes verdades que fueron proclamadas desde el tiempo de los apóstoles, la iglesia primitiva y los reformadores. Su amor por el Señor se manifestaba en sus predicaciones; los cristianos se alimentaban y los pecadores eran llamados a venir a Cristo.

Con respecto a la enseñanza de la iglesia evangélica en aquel entonces, Spurgeon pudo constatar que muchos pastores eran pobres en doctrina, por tal motivo su meta estaba en enderezar a la iglesia con doctrina fuerte. Sobre este asunto dijo: “Mi labor diaria es revivir las viejas doctrinas de Gill, Owen, Calvino, Agustín y Cristo”. Sin manipulación de llamadas al altar, sin utilizar métodos sensacionalistas o emocionales, Spurgeon confiaba solo en Dios para convencer a los pecadores, como él mismo escribió: “No vengo a este púlpito esperando que quizás alguno por su propia voluntad quiera volverse a Cristo. Mi esperanza está puesta en otra cosa, espero que mi Maestro traerá algunos de ellos y dirá, eres mío, y serás mío, te reclamo para mí. Mi esperanza surge del ofrecimiento de la Gracia que se ofrece gratuitamente, y no de la libre voluntad del hombre”.

El ministerio de Spurgeon no sólo predicó con palabras, sino también con acción social, a pesar de que fue criticado por este motivo en una sociedad que era indiferente a los huérfanos y pobres de la calle, el auditorio donde predicaba permanecía abierto desde la mañana hasta casi la media noche, seis días por semana sirviendo a una comunidad necesitada. Más de sesenta ministerios de obras de caridad comenzaron durante su pastorado los cuales muchos de ellos eran mantenidos por las regalías de sus libros, algunos de esos trabajos continúan hasta el día de hoy.

Spurgeon falleció a la edad de 57 años y se estima que a lo largo de su vida evangelizó aproximadamente a más de 10 millones de personas, pero a través de sus libros y sermones publicados, el habló y habla a incontables millones de personas alrededor del mundo. Su influencia en la Iglesia de Inglaterra impidió que ésta cayera en el liberalismo e incredulidad como aconteció en la mayoría de iglesias en Europa.  

REFLEXIÓN FINAL

En tiempos peligrosos como estos, donde gran parte de la comunidad evangélica no puede distinguir entre la verdadera y falsa enseñanza, que ha olvidado su historia y la fe de aquellos hombres que dieron su vida por la verdad, aunque se mencione sus nombres y se hagan biografías de sus vidas, de cómo Dios los utilizó para llevar el evangelio y dejar una marca en la historia, pero irónicamente no se diga nada acerca de sus creencias más profundas, por ejemplo, se menciona cómo Wycliffe y Huss denunciaron el papado a tal punto que les costó la persecución y la muerte; se enseña como Lutero y Calvino fueron los impulsores de la Reforma protestante llevando el evangelio que por siglos había sido tergiversado por Roma, liberando de esta manera por la Palabra de Dios a gran parte de Europa del yugo maligno y perverso de Roma; se estudia la vida de hombres como Jonathan Edwards y George Withefield quienes iniciaron el avivamiento del Gran Despertar donde cientos y miles de personas se convirtieron a Cristo; se recuerda a William Carey como el padre de las misiones modernas y a Charles Spurgeon como el príncipe de los predicadores… pero curiosamente no se menciona o dice nada acerca su teología y doctrina, de qué es lo estos hombres de Dios creían firmemente.

En este tiempo, es necesario que se levanten hombres de Dios apasionados por la Verdad y que no teman callar sus voces a la crítica o desprestigio por denunciar el error ni tolerar a los falsos maestros, pero que al mismo tiempo se haga todo esto con humildad, en misericordia y verdad, sabiendo que en algún momento Dios llamará a los suyos. Sea nuestro Señor todopoderoso abriendo nuestro entendimiento a Su palabra y seamos aquellos atalayas que den la voz de alerta. ¡Soli Deo gloria!


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